Me subí a ese autobús sin ganas, seguramente esperando a que viniera a retenerme o me enviara un mensaje que me hiciera cambiar de opinión. Simplemente me hacía falta un solo motivo por el que quedarme, pero no obtuve ninguno. Tal vez era este el destino, tal vez ella y yo no estábamos hechos para estar el uno con el otro y por eso todo esto estaba pasando. Quien sabe, a lo mejor esto tenía que pasar. A lo mejor ahora, separados, volvemos a encontrar el rumbo. Puede que si, o puede que no, pero que no os quepa duda de que lo menos que yo quería en ese momento era subir a ese autobús. Yo solo quería volver a su casa y decirle lo que sentía, pedirle perdón por todo lo que hubiera podido pasar por mi culpa y volver a tenerla entre mis brazos. Pero algo dentro de mi me lo impedía.
Mi hermana no estaba. No le había dicho que me iba a Cantabria porque sabía perfectamente que no me dejaría ir. Seguramente me insistiría en que me quedara, pero mis impulsos en ese momento en el que decidí irme fueron mucho más fuertes que todo lo demás.
Subí. Pensativo, desganado y asustado pero subí. No paraban de pasarse por mi cabeza las mismas imágenes que habían hecho que decidiera irme. No dejaba de verla a ella, de recordar todos y cada uno de los momentos que habíamos pasado juntos. Eran demasiado bonitos como para no recordarlos. Hice un recorrido por cada beso que le di, por cada mañana a su lado y por cada desayuno, comida o cena juntos. Repasé cada instante a su lado, pero aún así no me bajé del autobús. ¿Acaso aquello había hecho que la dejara de querer? No, eso es imposible. Nunca podría dejarla de querer. ¿Qué idiota puede dejar de querer a semejante mujer?
Una mujer subió al autobús y se sentó a mi lado. No quedaban sitios libres y desalojé el sito para que no tuviera que ir de pie. Me llamaba bastante la atención,era una mujer mayor de unos sesenta y muchos. Parecía ser amigable, aunque yo en estos momentos no tenía muchas ganas de sociabilizarme.
Una lágrima comenzó a resbalar por mi mejilla mientras miraba por la ventanilla y la entrañable señora no dudó en preguntar.
-Hijo ¿puedo preguntar qué te ocurre?
-No es nada.- sonreí- He tenido algunos problemillas últimamente... Pero no se preocupe, nada que no se solucione...- Intentaba parecer fuerte, que pareciera que no me afectaba o al menos no tanto, pero la mujer me caló como si me conociera de toda la vida.
-¿Como se llama ella?- quiso saber, curiosa
-Se llama María Lucía...- sonreí y suspiré. Como me encantaba pronunciar su nombre.
-¿Y esa tal María Lucía y tu habéis roto?
-No lo sé, la verdad... Creo que he huído por no querer aceptar que algo no iba bien... Aunque si tengo que ser franco, en este momento me supongo que si, hemos roto. Dudo que después de lo que ha pasado quiera volver a verme.
-Si ella te quiere seguro que está deseando que vuelvas, sea lo que sea lo que haya pasado.
-¿Usted cree?
-¡Por supuesto! ¿Quieres que te cuente una historia?
-Claro, cuénteme.
-Verás hijo, cuando yo era joven conocí a un muchacho. Quedábamos cada día, nos pasábamos las horas juntos...- siguió relatando durante no sé cuanto tiempo hasta que me dijo algo que me hizo pensar, quizás demasiado.-... Con todo esto quiero decirte que las relaciones no son fáciles chico. Porque si lo fueran ¿qué gracia tendría? Todos necesitamos superar baches y obstáculos para valorar más lo que tenemos, porque con lo que más se puede afianzar una relación es con los obstáculos que vamos superando ¿me entiendes?- si, la entendía perfectamente.- No debes huír, sino volver a donde está tu chica y pedirle perdón las veces que hagan falta aunque tu no tengas la culpa. ¿Y sabes por qué?- negué con la cabeza- Porque quien haya tenido la culpa es lo de menos, lo que importa es que os queréis y eso no es algo que se pueda dejar pasar con tanta facilidad. ¿De verdad estás dispuesto a dejar ir a la muchacha que te puede hacer feliz el resto de tu vida?
-No... si tiene toda la razón del mundo...
-Claro que la tengo.- sonrió
-Oiga y... ¿Al final como acabó su historia con ese hombre?- La mujer sonrió y me enseñó su mano. Pude ver como un anillo decoraba su dedo y no me hizo falta más.
-Pasamos muchas dificultades ¿sabes? Nos separamos un montón de veces... Pero aún así siempre estuvimos juntos. Y ahora compartimos casi una vida entera.- sonrió y le correspondí.- Anda, lucha por ella.- me dijo dándome pequeños toquecitos en el hombro. Y se bajó del autobús.
No puedo saber cuantas horas estuve hablando con aquella mujer. Tampoco sabía donde estábamos ni cuanto me faltaba para llegar a Cantabria. lo único que tenía claro era que todo lo que me había dicho hizo que algo dentro de mi diera una vuelta completa. Todo en mi se revolucionó. Pero con esto no quiero decir que tuviera las ideas claras, sino todo lo contrario. Hizo que me comiera la cabeza lo innombrable, que me desquiciara por no saber qué hacer. ¿Debía ir otra vez a Madrid o era bueno que esperara un tiempo para volver? ¿Me vendría bien Cantabria o tal vez sería peor? Todos mis pensamientos volaban a la velocidad de la luz y yo no era capaz de controlarlos. No sabía lo que me estaba pasando pero de repente sentí como que el tiempo se paraba. Ella venía a mi recuerdo sin cesar, recordándome lo mucho que la necesitaba en mi vida. Lo mucho que me hacía sentir con solo una palabra y yo ahora estaba tirándolo todo por la borda. Y todo por algo que a lo mejor solo había sido un malentendido, por algo que pudo no ser real. ¿Me estaría volviendo loco o era justificado? ¿Pero qué digo? ¿Como va a ser justificado dejar a la mujer que quieres? Estaba confuso, dolido, aturdido...
No le presté atención alguna al viaje, por lo que no me di cuenta de que habían pasado muchísimas horas y ahora ya estaba en Cantabria. Ahora solo me quedaba pensar en lo que quería. ¿Me iba o me quedaba? ¿Querría verme o por el contrario estaría mejor sin mi? ¿Me echaría de menos o sería yo el imbécil que lo estaba pasando mal sin ella? Todo, absolutamente todo hacía que me derrumbara cada vez más.
Bajé de aquel autobús, cogí mis maletas y me puse a caminar sin rumbo alguno. No sabía a donde ir, pero tampoco quería saberlo en ese momento. "El tiempo lo pondrá todo en su lugar." Recordé esa frase que solía decir mi madre antes. No recuerdo en qué momentos me la decía, pero el caso es que esa frase me acompañó toda la vida y ahora más que nunca no me hubiera venido nada mal que mi madre me la hubiese recordado. Seguí caminando como pude, con las pocas fuerzas que tenía por el desgaste de energía que me producía aquella angustia. Miraba a todas partes y la veía en el resto de la gente. Veía a una chica de pelo largo y ondulado y los espejismos de mi chica aparecían sobre ella. Parecía, poco más, un loco perdido en un desierto buscando su oasis.
Di vueltas durante horas sin parar, sin saber a donde iba ni lo que buscaba. Mi móvil sonó y sonó toda la tarde pero ninguna era la melodía de sus llamadas, por lo que no contesté.
Decidí parar a descansar un rato en una playa que al parecer estaba algo vacía. Me dejé caer sobre la arena, literalmente me desplomé. No podía conmigo, no tenía fuerzas. Solo repetía una y otra vez "llama, llama". Parecía loco, completamente loco.
No hay comentarios:
Publicar un comentario